¡Libertad! Johnny Cash, Los Tigres del Norte y Michel Foucault

Johnny Cash en la prisión Folsom (1968)

Michel Foucault en su obra “Vigilar y Castigar: Nacimiento de la prisión” (Buenos Aires: Editorial Siglo XXI, 2003) nos muestra cómo la pena carcelaria se ha convertido en un espectáculo privado con el pasar del tiempo; esto tiene su razón de ser porque lo que se castiga con ella no es el cuerpo del condenado, sino su alma. Así las cosas, conviene que este proceso sea lo menos visible posible, por lo que se ha pasado del castigo físico, grotesco y público de siglos atrás a un castigo mental y en centros de reclusión que ocultan el cuerpo de los condenados. En este cambio, se abandona la necesidad de mostrar al público -sediento de venganza- la tortura con la que se castiga al agresor, que se reemplaza ahora por orden y códigos de comportamiento tendientes a doblegar el alma, pero dejando intacto el cuerpo. Ya no se azota, ya no se corta, ya no se hiere; el nuevo escenario supone alimentación, cuidado, cero agresiones, pero aislamiento total, el refuerzo de que mientras se está en prisión la mente se perderá y una angustia infinita por la pérdida de la libertad. Al final, el objeto del castigo ya no es el cuerpo como elemento físico, es el alma del condenado que sucumbirá ante el aparato carcelario ordenador y moldeador de conducta. Foucault nos dice:

El castigo tenderá, pues, a convertirse en la parte más oculta del proceso penal. Lo cual lleva consigo varias consecuencias: la de que abandona el dominio de la percepción casi cotidiana, para entrar en el de la conciencia abstracta; se pide su eficacia a su fatalidad, no a su intensidad visible; es la certidumbre de ser castigado, y no ya el teatro abominable, lo que debe apartar del crimen; la mecánica ejemplar del castigo cambia sus engranajes. Por ello, la justicia no toma sobre sí públicamente la parte de violencia vinculada a su ejercicio.” (…) “Puesto que ya no es el cuerpo, es el alma. A la expiación que causa estragos en el cuerpo debe suceder un castigo que actúe en profundidad sobre el corazón, el pensamiento, la voluntad, las disposiciones. Mably ha formulado el principio, de una vez para siempre: «Que el castigo, si se me permite hablar así, caiga sobre el alma más que sobre el cuerpo.»” (p. 12, 19)

No es extraño entonces que el terror a la prisión se encuentre justificado, no como forma de castigo físico, que ya ha desaparecido, sino como forma de tortura mental y angustia existencial. La certidumbre de la vigilancia y el sometimiento al orden, se configuran como un castigo que atemoriza m{as que nada en tanto se prefiere la libertad sobre el dolor, de ese tamaño es el valor de aquella. No resulta extraño tampoco que, ante la sola idea de reclusión en una prisión, muchos opten por el suicidio. La cárcel es así la nueva figura de la barbarie:

La desaparición de los suplicios es, pues, el espectáculo que se borra; y es también el relajamiento de la acción sobre el cuerpo del delincuente. Rush, en 1787, dice: «No puedo por menos de esperar que se acerque el tiempo en que la horca, la picota, el patíbulo, el látigo, la rueda, se considerarán, en la historia de los suplicios, como las muestras de la barbarie de los siglos y de los países y como las pruebas de la débil influencia de la razón y de la religión sobre el espíritu humano.»” (p. 13)

Vista así, la prisión se convierte una forma sofisticada y fría de castigo, una que en la actualidad merece un análisis detallado sobre su ocultamiento. Me refiero a la invisibilidad que supone pensar en el tema carcelario, este escenario y sus procesos que parecen estar ocultos en la sociedad ya que nadie quiere hablar de ellos, y mucho menos afrontarlos. El recluso es un objeto que debe desaparecer de forma temporal (aunque muchos piensan que lo mejor es manera definitiva), y para aquellos sistemas donde no existe pena de muerte (que también se ha “modernizado” para volverse menos “agresiva”), lo ideal es que los reclusos no se vean, no se sientan, no existan. Ellos deben ser guardados en establecimientos alejados, que no entorpezcan el paisaje y de paso garanticen seguridad. Así, la idea de aislamiento estará presente no sólo en el hecho de la reclusión, sino también en la conciencia del recluido de que estará alejado de la comunidad urbana, el mensaje que se transmite es el de la desaparición, tanto física como mental.

La prisión engulle todo, es un agujero negro donde ni la luz puede escapar. Pero, de nuevo, la música llega para enseñarnos que nada escapa a su brillo. Si la prisión es el castigo para el alma, la música es el bálsamo que repara esta herida profunda. Si la prisión condena el cuerpo y encierra el alma, la música dará la libertad a cualquier costo. ¡Bendita sea la música!

Johnny Cash grabó su primer disco en vivo en la prisión estatal de Folsom (California) en enero 1968. Este evento culminó el sueño del cantante de ofrecer su música en centros penitenciarios, sueño que en 1955 se dejaba ver cuando compuso su famosa canción Folsom Prison Blues. Como dato curioso se sabe que durante el concierto los asistentes guardaron silencio mientras Cash tocaba, por lo que en la edición del disco se agregaron sonidos como gritos o abucheos para darle la atmósfera propia de una presentación en vivo. En el 2003 álbum At Folsom Prison fue uno de los 50 álbumes escogidos por la librería del Congreso de los Estados Unidos para ser agregado al registro nacional (National Film Registry) y asegurar así su conservación; en el 2006, fue ubicado en el puesto número 3 entre los 40 mejores álbumes de Country de la historia según el canal Country Music Television (CMT); y en el 2012, la revista Rolling Stone lo posicionó en el puesto 88 de su lista 500 Greatests Albums of All Time. Johnny Cash At Folmom Prison contó con la participación de June Carter (esposa de Cash desde 1968), Carl Perkins y la banda de Cash The Tennessee Three, la banda de siempre y la mujer de su vida.

prisión de Folsom, California

Cash ya se había presentado en prisiones antes de la grabación de 1968. En 1957, cantó en la prisión estatal de Huntsville (Texas), y al año siguiente en la prisión de San Quentin (California) en la víspera de Año Nuevo. San Quentin es la misma prisión en donde Metallica grabó el video de su canción “St. Anger” en el 2003. ¿Quién diría que los internos carcelarios tendrían una vida aburrida? Bueno, al menos en los Estados Unidos la historia nos muestra que un día, de sorpresa, pueden llegar leyendas del Rock and Roll a tocar a tu patio ¡y luego dicen que el crimen no paga! Merle Haggard, otra de las leyendas de la música Country, estaba recluido en la prisión de Huntville por robo, y confesó que después de ver a Johnny supo que la música sería su salvación y vocación ¡y luego dicen que la prisión no resocializa!

Johnny Cash en la prisión de Folsom, 1968

Vestido completamente de negro, Johnny Cash subió al escenario de la cárcel, pero no estaba allí para pagar una condena, deseaba llevar luz a aquellas personas privadas de su libertad y alejadas de sus familias. Con un simple “Hello, I’m Johnny Cash”, una de las frases más recordadas de la música, se inició la presentación, es el abrebocas perfecto del legendario señor Cash (cuando pienso en esta frase, recuerdo al Exterminador y su “hasta la vista, baby”, por alguna razón son estás frases las que dan sentido a la historia de las artes y se incrustan en la cultura popular para volverse inmortales). La poderosa y cautivadora voz de Cash hizo que se ganara el respeto de los internos, ya que ninguno se atrevió a interrumpirlo mientras cantaba, y ante un público complejo, Cash salió ileso y fortalecido.

Johnny Cash y June Carter

La canción que inicia el álbum es precisamente Folsom Prison Blues, un baluarte de la música, una pieza que toda persona debe escuchar si quiere decir que ha disfrutado música de calidad. Un tema simple, poderoso y pegadizo que cuenta la historia universal del recluso que reflexiona sobre sus actos estando ya privado de la libertad, es: “una triste historia de un hombre que cumple condena y que, al ver pasar el tren, recuerda los consejos de su madre. Sólo quiere tomar el tren y marcharse lejos de la prisión de Folsom, pero el dispararle a un hombre “sólo para verlo morir” lo mantiene cautivo”, dijo en el 2007 Mónica Garrido en la Revista Culto. Cash hizo una buena selección de sus canciones para la ocasión, temas como “Cocaine Blues”, “Jackson”, “Give my love to Rose” y “I got Stripes”. El tema que cerró el show fue “Greystone Chapel”, canción escrita por un preso y que llegó a las manos de Johnny la noche anterior entregada por el párroco de la prisión.

Cash siempre tuvo especial interés por aquellos que estaban prisioneros En alguna ocasión Tommy Cash, hermano de Johnny, dijo que éste “siempre se identificó con los desvalidos. Se identificaba con los prisioneros porque muchos de ellos han cumplido sentencia y se han rehabilitado en algunos casos, pero aun así eran mantenidos ahí el resto de sus vidas. Él sentía una gran empatía por esas personas”.

Para lo interesados en esta legendaria presentación, la editorial británica Reel Art Press lanzó el libro Johnny Cash at Folsom & San Quentin, en él se pueden apreciar, por primera vez, todo el archivo fotográfico: «Algunas fotos son icónicas y las hemos visto un millón de veces. Otras permanecían inéditas y pueden verse ahora por primera vez. Aun así, debo decir que para mí lo realmente importante del libro es ver la capacidad de Jim para capturar la fuerza de la actuación de Johnny Cash. Una fuerza que puede verse en las gotas de sudor, en cómo el fotógrafo logra transmitir la conexión entre el artista y su público. Es extraordinario«, cuenta Tony Nourmand, fundador de la editorial y una de las mayores autoridades mundiales en fotografía de los años 60 y 70.

Cash cantando en Folsom Prison

Netflix acaba de lanzar un especial con la famosa banda de música mexicana Los Tigres del Norte, que, siguiendo los pasos de Johnny Cash, se presentan en la mítica prisión de Folsom. La gran colonia de latinoamericanos (mexicanos en especial) que se encuentran en prisiones norteamericanas permiten entender porque el proyecto tiene éxito.

Los Tigres del Norte en la prisión de Folsom

Cantando a quienes han cruzado el muro para buscar una mejor vida, la banda mexicana se encuentra con esa historia universal que también conmovíó a Cash, la del individuo que reflexiona sobre su pasado anhelando escapar de su presente. Al final, es en la música donde se puede hallar libertad a pesar de los barrotes que condenan a una vida en reclusión. Pero los Tigres fueron más allá, en una declaración de principios se presentaron dos veces en la prisión, una en la sección masculina y otra en la sección para mujeres. El especial fue grabado en el 2018 y ya se encuentra disponible en la plataforma. La música fue producida por el argentino Gustavo Santaolalla, y cuent6a con una versión en español de Folsom Prison Blues: «La prisión de Folsom» especialmente reescrita por la banda con la ayuda de Ana Cristina Cash, nuera del cantante.

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