Estudiante refuta a Petro

Los sueños más peligrosos son los que alteran la realidad y terminan siendo tomados como verdad por personas desinformadas.

No sé cómo llegué al auditorio Pedro Gómez Valderrama. En las escaleras contiguas, donde se encuentra un mosaico de Bolívar, charlaban dos jóvenes. Una carcajada llamó mi atención.

La risa fue causada por una publicación en Twitter en la cual se expuso magistralmente la teoría marxista de la explotación, teoría desvirtuada cuando la revolución marginalista tomó vuelo y fue aceptada por los economistas. Sin embargo, algunos nunca cedieron y esa cuestión económica aún sigue viva en la mente de los socialistas románticos.

¿Son los trabajadores dueños de los iPhones?

Uno de los estudiantes muestra una cabeza casi rapada y pelo teñido de rosa, rostro alargado con ojos grandes y cejas inexistentes. Su verdadero nombre no importa, pero lo llamaremos Gonzalo. Es flaco y fofo a la vez. Tiene apariencia de ser invertebrado. El libro que sostiene en sus manos da a entender que es un conservacionista del medio ambiente.

Y aunque no estudia economía, su mejor amigo sí. Cuando charlan, se entretienen discutiendo sobre la realidad económica del país. Esta vez el tema fue si «los iPhones realmente son o no son propiedad de los trabajadores».

«¿Por qué debería hacer caso a los economistas muertos?» refunfuñó Gonzalo. «¿Usted cree que los trabajadores deberían ser dueños de los iphones?» Con esas dos preguntas bombardeó a Manuel María, a quien en la universidad conocen como «Mañunga» por su apellido.

La teoría de la explotación marxista solo ha causado una bruma de confusión alrededor de toda esta cuestión académica. A esto se le suma los errores originados por la imprecisión de los conceptos atribuidos al término valor.

Manuel —que entiende eso—, es un joven abierto el debate, a las ideas, un heresiarca. Su afiliación marxista no le impide anhelar la libertad de pensamiento, mostrándose dispuesto a transgredir viejas y desechables teorías si estas no logran aclarar sus dudas.

«De nada sirve leer los Principios de Ricardo, la Riqueza de las Naciones o El Capital, si no pueden responder con claridad preguntas tan elementales a un estudiante… ¡Crearé mi propia teoría!» —ideó Manuel—.

«Si muchos científicos sociales han buscado unir el socialismo con el capitalismo esperando encontrar un mundo mejor, ¿por qué no podemos unir la teoría del valor-trabajo con el valor-subjetivo?» Manuel miraba directo a los ojos de Gonzalo cuando pensaba esto.

«Gonzalo, yo también pasé largo rato creyendo que la teoría valor-trabajo era irrefutable» —le dijo Manuel—. «¿Cómo podrían estar equivocados tres grandes pensadores como Marx, Ricardo y Smith? Si bien un iPhone es producto del trabajo mancomunado de miles de personas en distintas partes del mundo, el iPhone es propiedad de quien pagó por él.»

De lo que mencionó Mañunga entendí que el iPhone no pertenece al empresario o al trabajador: pertenece al cliente.

Y es que el capitalista o el empresario no hacen iPhones porque quieran tener muchos iPhones, sino que se embarcan en una aventura empresarial al entender una necesidad en el mercado. La necesidad de tener un computador portátil lo suficientemente pequeño, potente y que facilite la realización de diversas actividades del día a día. Sí, es un acto consumista, pero es la realidad.

Gonzalo le reprochó: «¿Cómo es posible que una opinión de tal especie pueda ser sostenida por alguien que ha leído todas las obras de Marx y los demás documentos pertinentes sobre el materialismo dialéctico?».

La sección ocho de El Capital

Así como Plinio atribuye a Zaratustra la escritura de dos millones de versos, a Marx también le suman obras que ni siquiera terminó de escribir.

Resulta que Mañunga había descubierto una extraña edición de El Capital, la cual estaba refundida entre las estanterías de la biblioteca Gabriel Turbay. El libro, de tapa dura forrado en tela, tenía una sección extra justo después de la número siete.

Lo que pude saber por boca del estudiante es que en esa sección el mismo Marx refuta todo su primer tomo y sienta las bases para que futuros académicos austríacos, desarrollen una idea que revolucione la teoría económica de finales del siglo XIX.

Manuel sacó el libro de su mochila y leyó algo de esa sección a Gonzalo:

«El principio fundamental, sobre el cual construyo mi edificio intelectual es la teoría valor-trabajo… el valor de una mercancía dada está determinado por el tiempo de trabajo socialmente necesario que implica su producción… por lo tanto, el trabajo es el único determinante del valor…»

«Nunca escribí lo siguiente porque mi ego no lo permitió: aunque yo digo que los bienes contienen un valor objetivo que es determinado por el trabajo socialmente necesario que implica su producción, lo que omito es que el valor que asignamos a la cantidad de trabajo necesario para producir ese bien es totalmente subjetivo, por lo cual el valor que atribuyo a los bienes que produzco es mucho mayor de lo que otra persona percibe.

… Los intercambios solo se dan cuando existe asimetría del valor que otorga un beneficio a cada una de las partes realizando el intercambio. Así que yo no haré un intercambio con alguien que valore muy poco mi trabajo, lo que haré será burlar esta asimetría en la asignación del valor al trabajo y mas bien intercambiaré es el objeto de mi trabajo ya que seré yo quien decida si le asigno valor o no. De esta manera podré desprenderme de la mercancia sin mayor reproche e intercambiarlo por otro objeto de mayor valor para mí. No tiene sentido intercambiar mercancía de igual valor.»

«Gonzalo —Manuel le explica—, yo percibo que en ese párrafo está la solución a la pregunta del iPhone. Los trabajadores no son dueños del celular, solo son tenedores temporales de la mercancía ideada para satisfacer la necesidad consumista de los humanos en el capitalismo tardío. El trabajador y el empresario deben entender que lo que realmente intercambian no es trabajo, es otra cosa ya que el obrero no está dispuesto a entregar algo de mayor valor (su trabajo) por algo de menor valor (salario paupérrimo). Ahora, el empresario lo que realmente quiere del obrero no es su fuerza de trabajo sino el fruto de éste, el cual es un objeto hecho de acuerdo a las características pactadas y que no tiene mucho valor para quien lo hace (el obrero). El empresario también es un tenedor temporal de un objeto que el mercado valora más comparado con quien lo vende o hace. Al final, es el consumidor el verdadero dueño del iPhone. También puede llegar a ser tenedor temporal si encuentra que el iPhone ya no representa mucho valor para él, decidiendo intercambiarlo por algo de más valor. Petro está equivocado.»

Después de escuchar esto, pensé sobre la posible motivación de quienes añaden secciones ficticias a grandes obras reconocidas… Tal vez es una especie de venganza de los que le creyeron todo a Lovecraft y encontraron que cuando la verdad resulta ser una mentira, todo el gozo dentro de ti muere.

Volviendo a la realidad de ese día y después de escuchar la respuesta de Mañunga, traté de visualizar a Gonzalo pero ya no era él, ahora solo era un cúmulo de pensamientos muy difusos, sin cuerpo.

Desperté al lado del CAI en el Parque de los Niños, frente a la Biblioteca. Un extranjero interrumpió mi somnolencia solo para venderme un avión hecho con latas de cerveza. Me cobró dos mil pesos, pero le di cinco mil. Valoro mucho las artesanías importadas a la fuerza por los migrantes de regímenes autoritarios.

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2 comentarios

    • Diego Patiño el 15 octubre, 2020 a las 5:36 pm
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    Excelente artículo amigo, te felicito.

    1. Muchas gracias, Diego!

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