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Dic 26

Al sur de la frontera, al oeste del sol

“Éramos un caracol que había perdido el caparazón y una rana que había perdido las membranas”.

 

Un libro perturbador, sin dejar de ser una historia clásica en la literatura Murakami.

Hajime alcanza la madurez pero siente que ha dejado cantidad de asignaturas pendientes. Esa sensación la experimenta aún con mayor intensidad cuando tiene noticias de quien fuera su primera amiga. La niña a quien por 10 segundos tomó de la mano para sentir un calor hasta entonces desconocido; a quien dedicó los primeros ratos libres, que eran exclusividad de sus amigos. Era hija única, él también lo era. Shimamoto estaba en su mente, pese a que habían pasado 25 años de esa primera experiencia infantil, natural e inocente. Estaba allí pese a que algunas decisiones de Hajime alteraron el rumbo normal de su mapa. Sentía su manita asirse a la suya, pese a que ya era padre de dos niñas y vivía con una mujer maravillosa, que lo respetaba y le garantizaba un futuro exitoso. Shimamoto seguía allí. Y ahora en su café jazz, no podía evitar sentir que la deseaba, la quería suya. Su esposa y sus hijas están vez podían esperar.

Un cuadro cronológico de Hajime. Un hombre de clase media, que se enfrenta a sus temores y que nutre de pasión su vida. Murakami logra una vez más crear una atmosfera envolvente en la que un personaje con características muy marcadas pasea por la novela con otros (en este caso mujeres) menos estables, frágiles, podríamos decir. Mujeres vulnerables, con defectos, incluso físicos, que ponen a prueba el arte de decidir.

Esta novela parece guardar cierta similitud con Tokio Blues. De hecho los títulos de las obras parten del nombre de canciones. Tokio Blues nos invita a reproducir un acetato de The Beatles, mientras que Al sur de la frontera, al oeste del sol, nos trae al oído las notas de Nat King Cole. No se trata de compararlas, cada cual guarda su propio aroma. Pero tienen un gen que las hace familiares. Predomina en ambas ese misterio halo de sensualidad y honestidad de los personajes. Ninguno se guarda nada. Es en este punto donde los lectores der Murakami nos sentimos perturbados.

En síntesis, se podría decir que es un encuentro con la patente de este escritor japonés. Es subir a una montaña rusa y jugar a que éramos jóvenes, reírnos, alzar las manos, sentir el aire sobre el rostro, pero sin olvidar que nos hicimos viejos y los errores del pasado nos cobran cuentas en el presente.

 

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