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Dic 10

Razón vs Magia en la pantalla grande

¿Cómo es que dos películas del 2014 tan diferentes como Interstellar, de Cristopher Nolan y Magia bajo la luz de la luna, de Woody Allen se me pueden parecer?

 

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Evidentemente no es en su forma pues la primera es de ciencia ficción y la segunda una comedia romántica, tampoco en el estilo pues la filmografía de Nolan (Batman El caballero de la noche, El origen, Memento) mantiene una acción tensionante mientras que la de Woody (Manhatan, Anni Hall, Match Point) nos invita a escuchar lo que sus disparatados personajes dicen y tanto Interestellar como Magia bajo la luz de la luna llevan el sello de cada uno de los directores  ¿entonces?

 

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El punto de encuentro lo hallo en el trasfondo de las dos historias, en la filosofía que las sustenta, en la batalla permanente entre lo que podemos explicar con la razón y lo que no.

En Interstellar, la humanidad está a punto de extinguirse pues la Tierra ya no es viable como productora de alimentos y su aire está contaminado con enormes partículas de polvo producto del maltrato constante al medio ambiente, no hay esperanza a menos que los protagonistas, Cooper un ingeniero ex piloto de la NASA  y su hija Murphy, logren comprender los mensajes que le envían aparentemente del más allá.

Es decir unas mentes totalmente racionales se enfrentan a lo que podría ser un fantasma, algo que desafía su pensamiento y por otra parte está la no menos despreciable motivación que tiene Cooper de pilotear la nave que posiblemente encuentre otro planeta viable para la raza humana, pero para ello debe dejar a su hija en un dilema entre la razón y la emoción.

 

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Matthew McConaughey es Cooper en Interstellar

 

La de Woody, Magia bajo la luz de la luna, nos plantea una situación en la que el gran mago Wei Ling Soo interpretado por Colin Firth, escéptico, lógico y humanista acepta desenmascarar a Sophie una mentalista que contacta a los muertos y quien se va a casar con un joven heredero millonario totalmente enamorado de los aparentes poderes mentales de la hermosa Sophie.

Lo explicable con la razón representado por Stanley, que es el nombre del mago, versus lo sobre naturalmente inexplicable representado por la encantadora Sophie, en una lucha de argumentos y situaciones entre los dos protagonistas que eventualmente los llevará a sentir algo más entre ellos.

 

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Yo que soy agnóstico por convicción, es decir, que tengo claro que la humanidad no sabe a ciencia cierta cómo fue creada, de dónde viene, cuál es el propósito como seres vivos, ni mucho menos hacia dónde se dirige, comienzo de inmediato a sentirme identificado con los personajes de las dos películas que piensan así.

Como ellos en algún momento de mi vida entré en confrontación con los cercanos que si tenían respuestas para todo, pero desde el punto de vista mitológico. Tiempo después algo reconcilió mi inconformidad así como le sucederá a los personajes de las dos películas.

En Interestellar las actuales teorías sobre los viajes a través de agujeros de gusano o la presencia de temibles hoyos negros se logran explicar y se hacen realidad. Cooper puede viajar junto con otros investigadores a planetas tan lejanos a los que sólo se podría llegar por esos túneles de espacio-tiempo que pensó el científico Stephen Hawking, pero tremenda aventura es menos poderosa que la fuerza interior que los lleva a él y a su hija Murph (Por la ley de Murphy) a resolver el misterio del “fantasma” reconciliando la ciencia dura con la volátil emotividad.

 

Anne Hataway como Dra Ammelia Brand

Anne Hathaway como Amelia Brand en Interstellar

 

Pero la escena de Interestellar que encuentro curiosamente más conectada con una de, Magia bajo la luz de la luna, es en la que la doctora Amelia Brand interpretada por Anne Hataway da su opinión sobre a cuál de los dos planetas por explorar deben dirigirse y ella que se basa en los datos y los hechos dice el que sería menos factible para la vida humana, reconoce que es una corazonada y le da pena al plantearlo así, más adelante nos daremos cuenta que la decisión la tomó por una sensación irracional que los humanos llaman Amor.

En, Magia bajo la luz de la luna, `la razón tiene la razón` pero lo emocional se sobrepone a ello, pues se atraviesa esa misma cosa inexplicable para la cabeza pero entendible con un órgano que solo bombea sangre, el Amor, una paradoja común en la  extensa filmografía del legendario Woody Allen que se especializó en mostrarnos lo absurdas y complejas que pueden ser las relaciones de pareja.

Lo que me agrada de las dos películas es que la gran fuerza creadora o transformadora viene del hombre, de su complejidad, de su decisión, de su pasión, no de extraterrestres o del más allá.  No sé si es por el cambio de era o por la época de fin de año, lo cierto es que la afectividad fue uno de los temas que me llamó la atención.

 

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Colin Firth y Emma Stone en Magia bajo la luz de la luna

 

Nuestra fragilidad como organismo vivo nos ha llevado a crear mitos encantadores a cerca de seres sobre naturales o todopoderosos que nos ven todo el tiempo, que protegen o castigan. Son historias con grandes giros dramáticos que fascinan a muchas personas en el mundo y que las tranquilizarán hasta que la ciencia de explicaciones concretas, lo que realmente me inquieta es que tanto la mente humana como sus emociones aun no se entienden del todo.

Particularmente no soy seguidor ni de la palabra ni del significado totalitario que le han dado a través del tiempo al Amor lo cual deriva inevitablemente en la posesión del ser amado y sacrificio incondicional, en realidad la veo como un mecanismo de control social o peor aún como una trampa para perpetuar la especie como diría Oliverio en la cinta, El lado oscuro del corazón,  para mí el único lazo afectivo tan fuerte como para sacrificarse es el que se genera hacía los hijos lo demás son caprichos de nuestro cerebro. Sin embargo, después de ver las películas y mirarme en el momento que estoy acepto que hay una fuerza motivadora inexplicable que se dispara al sentirse atraído por alguien más, que impulsa a seguir adelante, a proyectarse y a sonreír.

Por eso, después de `masticar` con tiempo las sensaciones de Allen y Nolan me acojo a lo que dice el poeta de la nada Gonzalo Arango: ” lo ideal sería una verdad de amor cuyo equilibrio radicara en un poco de certeza y en un poco de duda; de posesión y lejanía; de plenitud y ansiedad; de ilusión y nostalgia

 

 

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