Enajenación tecnológica

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El primer electrodoméstico que tuve cuando me fui a vivir sola a un apartamento fue una extraña jarra hervidora de agua. Era un regalo que había recibido mi compañera de vivienda de parte de su hermana, quien cabe anotar, la obtuvo como un obsequio a raíz de su trabajo como vendedora de productos de catálogo.

La jarra, era considerada por varios de mis amigos como un invento inútil, “¿Eso para qué servirá?” a cada rato nos decían, a pesar que su beneficio estaba evidenciado en su nombre. Aún así, conforme fuimos adquiriendo bienes y demás elementos funcionales para el hogar, la jarra ocupó un lugar especial entre nosotros. Un día cualquiera se dañó, y debo decir que hasta el sol de hoy todavía siento su ausencia aunque su labor ha sido fácilmente sustituida por una olla convencional.

Muchos se preguntarán cual es el objetivo de este peculiar relato sobre un ítem insignificante: ¿Se ha preguntado usted si las necesidades nacen o se hacen? Yo diría que es una combinación de ambas, pero cada vez estoy por pensar que en lo relacionado con la tecnología, las dependencias se van desarrollando casi de manera subliminal, sin darnos cuenta.

¿La tecnología nos usa o nosotros usamos a la tecnología? La respuesta no es uniforme para todos, muchas veces, el empleo de un recurso va según los intereses y la personalidad de cada quien pero es claro que a veces se nos va la mano con cierto recurso al que ponemos en un indudable pedestal que nadie puede derrumbar.

Todos los días vemos personas que llevan al extremo el uso de la tecnología y creo que ya los he mencionado en varios de mis artículos: los que no dejan el Blackberry ni para una fiesta, los que se sienten mal cuando salen sin celular, los que no pueden encender un computador sin Internet o los que prefieren salir sin ropa interior que dejar su portátil abandonado. Seguramente, varios de estos especímenes puede estar plasmado en un amigo, un familiar o inclusive, nosotros mismos.

La historia con la jarra es tonta pero debo aclarar que nunca tuve en mi casa una jarra similar, jamás en el pasado la necesité ni mucho menos pensé que algo parecido existía o que llegara a serme útil. En el momento en que una falla técnica me la arrebató, de inmediato sentí que debía reemplazarla pero luego, pensé detenidamente: ¿Por qué? La vida sigue con o sin jarra.

Ahora, intente reemplazar la palabra jarra por celular o computador. Aunque estos se constituyen en la herramienta de trabajo de muchos, hay que ser sinceros: no todo lo relacionado con la tecnología es de vital subsistencia, como para que andemos sintiendo que nuestras neuronas trabajan con electricidad y un complejo código binario.

Yo también debo confesarme: me considero adicta al Facebook. Nunca conocí lo que era una red social quizá hasta el básico y poco útil hi5 y ahora, entro prácticamente todos los días en varios instantes, a pesar que a veces no está pasando nada. La situación es muy parecida a la jarra pero aplicada a la tecnología.

Por último, los dejo con una frase, tal vez un poco extremista, que puso una amiga en su Facebook y hace referencia a lo que he tratado de transmitir en esta entrada: “Estamos tan enajenados con esto del Internet que en nuestras próximas vidas reencarnaremos en bytes”. Y no solo estaremos hechos a partir de bytes, sino que nuestra cabeza será con forma de pantalla y nuestras extremidades tendrán al final un Ipod o un Blackberry. Una imagen bastante desagradable… ¿O no?

Imagen tomada del siguiente enlace:
http://cache1.asset-cache.net/xc/97453205.jpg?v=1&c=NewsMaker&k=2&d=AA1747D0965B1B3D3C163E0FD0E72DC0755A9785ADB5D1BB4AE198F038C9EEC4

Angela Bohórquez
Directora de contenidos del portal Web
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